La mirada de un niño

Niño sacando la lenguaHoy me he perdido en la mirada de un niño de no más de 3 ó 4 años; esperaba en la calle a que me abrieran la puerta de la oficina de un buen amigo, socio de proyectos y de manteles, cuando he notado que alguien me miraba.

Al darme la vuelta, he descubierto una carita de aquellas que sueñan ya en la próxima travesura, una cara de pura alegría, de diversión y, sobre todo, de descubrimiento, en la guardería, al otro lado del cristal. No le ha faltado tiempo para sacarme la lengua de forma completamente natural, como aquel que no quiere la cosa, a lo que yo no me he podido resistir, devolviéndole la jugada con la misma moneda, lo cual ha arrancado una buena carcajada en aquel manojo de ilusiones.

La cosa no hubiera pasado de ahí si no me hubiera venido la imagen de la pureza, la limpieza, la transparencia y la falta de elementos de maldad. Todo en él era grandiosidad, esa grandiosidad de la alegría que, en segundos, se puede tornar llanto sin lágrimas de pura rabieta.

Eso me ha hecho pensar en la curiosidad del niño, aquel capaz de caerse y volverse a levantar una y otra vez, sin miedo al error, sin prejuicios que le limiten, intentando sin cesar conseguir aquello que se ha propuesto, sin desfallecer, sobreponiéndose a las rodillas peladas, a las costras en la frente y a las palmas de las manos desolladas de sus aterrizajes en pavimentos poco amables.

Debo confesar que me he zambullido en su mirada risueña, que me he contagiado de ella y que esa sensación me ha acompañado todo el día, como si no estuviera de acuerdo con el día gris que nos había tocado en suerte y hubiera elegido una perspectiva más halagüeña de mi realidad cotidiana.

Maravillosa infancia, esponja de aprendizaje, albergue de sueños mágicos de los que, un día, se cumplirán unos y otros quedarán en el camino aunque, si ese niño es capaz de mantener esa sonrisa burlona, esa actitud curiosa y esa osadía de vida, apuesto a que serán más los primeros que los segundos.

¿Me acompañas a hacer que ese niño mantenga esa picardía?

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Acerca de koakura

Mi pasión coincide con mi profesión, el desarrollo de Personas y Equipos, a través de herramientas diversas como el Coaching, ya sea Ejecutivo, de Vida o de Equipos, la Dinamización de Equipos, la Formación experiencial o cualquier otra. Inicié mi carrera profesional en 1986 y, desde entonces, he ocupado todo tipo de posiciones en el ámbito empresarial, desde promotor hasta miembro del Comité de Dirección, Gerente y Socio en una Consultora de ámbito internacional, aunque me defino como una persona que acompaña a otras en su tránsito allá donde quieran ir, ya sea de forma individual o en Equipo. Estoy convencido del potencial infinito del ser humano, así que en cada intervención percibo crecimiento y el impacto que este causa en el entorno; y si el potencial del ser humano es infinito, cuando son varias las personas que se unen con un fin común, el horizonte es aún más esperanzador, ya que el potencial se multiplica exponencialmente.
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2 respuestas a La mirada de un niño

  1. koakura dijo:

    Hola Ruth,

    Que bonito pensamiento, la limpieza en la mirada del niño, los repelones de sus rodillas, las caras de velocidad y de “que me la pego”, y todo y así, continuar en su empeño. Seguro que en unos años, encontrarás junto a ti a ese adulto seguro, valiente y decidido que has ido acompañando en su crecimiento.

    Muchas gracias a ti por el regalo de tus palabras, nada mejor que el pincel capaz de pintar una sonrisa… o una lágrima que limpie el alma.

    Un beso gordo y feliz noche (al menos aquí)

  2. Ruth dijo:

    Hola Jordi , el primer pensamiento que me ha venido a la cabeza ha sido cuando enseñé a mi hijo a ir en bicicleta con 4 0 5 años, sus ganas, su entusiasmo, su ilusión, su empeño….y también sus tropiezos, las caídas…y yo corriendo junto a él. Es una figura que hoy, ya con 14 años, he intentado mantener en nuestra relación hijo-madre, que aunque tropiece, se caiga, le contradigan, o simplemente no le guste cualquier situación, no pierda nunca las ganas, la ilusión, la constancia y la alegría. Y he intentado ir siempre acompañándolo, ni delante ni detrás, a su lado, a veces con más o menos distancia, a veces sólo con una “ausencia presente” y sobre todo transmitiéndole que lo mejor que tiene es esa sonrisa pícara, la alegría , la actitud positiva ante sus retos incipientes, y la vida que está viviendo, y que por todo ello ha de estar agradecido. A veces a mi misma me cuesta aplicarlo, pero es ese niño aprendiendo a ir en bicicleta, lo que te limpia la mente y te hace sonreir y recuperar la magia y curiosidad de esa infancia. Un beso y gracias, siempre me haces volver a dibujar sonrisas.

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